Todo lo que empieza va a terminar.
Mi historia comienza hace más años de lo que quiero recordar y menos de los que puedo. Soy la hija fracasada de un matrimonio normal, de esos que ven la vida clara como el cristal y que, afortunadamente, compensan su balanza con otro hijo que si ha triunfado en la vida.
No voy a mentirte diciéndote que tuve una infancia feliz ni a engañarte con esas fáciles historias de superación. Nunca fuí de esas. Ni de las niñas felices ni de las mujeres que se superaban.
Crecí entre golpes y mentiras, los golpes los recibía y las mentiras me las inventaba para ocultarme a mi misma los morados que el crecer me iba dejando.
Y, mientras crecía, elegí ser la víctima para después ser un buen verdugo.
Para sobrevivir todo ese tiempo aprendí a alimentarme de mi dolor, del rencor y de la desesperanza. Escuché canciones que hablaban de otros desgraciados que no eran yo pero que se me parecían, leí historias de primaveras que no me llegarían nunca y recorrí caminos que me llevaron hacia sitios en los que no debería haber estado.
Y esta crónica va de todo eso. De eso y del día en el que las cosas acabarán.
Porque todo lo que empieza va a terminar. Y yo ya he empezado.